A principios de 2011 Diego Della Valle, propietario de la corporación que fabrica los lujosos productos Tod’s, ofreció 25 millones de euros para restaurar el Coliseo de Roma, una de los más importantes monumentos legados por el Imperio Romano. La contraprestación sería el derecho a usar la imagen de la obra en su publicidad, promocionarse como único patrocinador de la restauración, y manejar durante 15 años el cobro del ingreso al anfiteatro, a través de una fundación que luego cederá a la ciudad. No es la primera iniciativa para restaurar la magna obra; las anteriores tropezaron con obstáculos financieros, burocráticos y mentales, de quienes no querían ver que el Estado italiano no tiene la capacidad económica para hacer el trabajo, mientras el Coliseo se siguió deteriorando por el smog, un hundimiento parcial, y otros daños derivados del turismo y del normal paso del tiempo. La generosa propuesta de Della Valle también topó con dificultades y resistencias; pasaron 2 azarosos años para que se pudieran iniciar los trabajos actualmente en ejecución.
Italia, cuna del grandioso Imperio Romano, del cual heredamos las bases jurídicas, los fundamentos de la ingeniería y la infraestructura urbana, un prolífico patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, y que en s.XX se constituyó en una de las potencias económicas e industriales, miembro del selecto G-6, luego G-7 y G-8, cayó hace unos años en una severa crisis económica en la que sigue atascada. Aún antes, ya Italia mostraba indicios de estar enredada en sus propios hilos: los de una burocracia intratable, exceso de trámites y de leyes, corrupción a todo nivel, lentitud para la toma y ejecución de decisiones …, ¿nos suena conocido?
Esa misma enfermedad atacó a este pequeño país que fue de los pioneros en Latinoamérica en instaurar la educación pública gratuita y en eliminar la pena de muerte; que tuvo líderes capaces de construir un consenso impensable para consagrar las garantías sociales y laborales y crear la CCSS, de abrir la UCR, de instituir el voto femenino, de eliminar el ejército, de nacionalizar la banca y la electricidad y crear el AyA para hacer sus servicios accesibles a toda la población, y de incentivar la formación técnica a través del INA. Son numerosos los hitos y poco el espacio para nombrarlos todos.
Pero ya hace muchos años que en Costa Rica no pasa nada, que no tenemos logros de los que marcan puntos de inflexión en el desarrollo nacional. Apagamos los motores y sacamos los remos; el impulso que llevábamos nos permitió seguir avanzando a cierta velocidad, pero ya no da para más, y remando no vamos a llegar lejos. Otras naciones que nos miraban con admiración y hasta envidia, nos alcanzan y nos superan, mientras nosotros pretendemos seguir usufructuando del bono heredado de aquellos estadistas visionarios.
¿Y qué hemos hecho con esa herencia? Descuidamos muchas de las instituciones fundamentales que en su momento modernizaron nuestro Estado de Derecho y generaron bienestar para la mayoría de la población. Como si más fuera sinónimo de mejor, con criterio barroco recargamos la Administración Pública de instituciones innecesarias, muchas de las cuales cumplen funciones duplicadas pero sin coordinación, y otras no sirven para nada más que para dar empleo; habrá quien piense, en una mala concepción de lo que es el Estado de bienestar, que eso es suficiente para que las mantengamos, sin importar el costo. Pero esa mentalidad es la semilla de la que brotaron tantos odiosos privilegios que cargamos los contribuyentes.
Perdimos la capacidad de tomar decisiones oportunamente. Llevamos años leyendo más noticias sobre lo que no se hace, que sobre lo que se hace. Abundan los ejemplos: la ley que desde 1998 puso tope a las pensiones no se cumple porque Hacienda y Trabajo no han acordado a quién le toca ejecutar el límite. La CCSS atrasa el arranque de las citas por internet y la firma del contrato para el estudio de la salud financiera del régimen de IVM. Según información del BID, Costa Rica es la nación de A.L. más lenta en aprobar créditos y en ejecutarlos; y eso no sólo ocurre con los préstamos del BID. Los proyectos se rumian durante años, como el de generar electricidad con desechos, y hasta se congelan por plazos tan largos, que se vuelven obsoletos; “Limón Ciudad Puerto” es el emblema de la mediocridad y la desidia. La postergación durante varios años de la aprobación del marco legal de las investigaciones biomédicas, causó rezago en investigación, fuga de cerebros y pérdida de inversiones millonarias. La decisión de adoptar un solo sistema de compra pública electrónicamente ha tomado años y nuevamente hay dudas, a pesar de ser un pilar para fomentar transparencia y combatir la corrupción. Mientras, se desmejora nuestra calidad de vida y perdemos competitividad.
Cuando alguna decisión pinta difícil, se delega en una comisión de expertos, sin que luego se ejecuten las recomendaciones. Recientemente se postergó una de las decisiones más urgentes para resolver un problema sobre el que se ha discutido largamente: se creará una comisión que durante 18 largos meses deberá analizar y proponer cómo bajar los costos de la electricidad y generar más fuentes de energía. Cambiamos la visión estratégica y la capacidad de decisión y ejecución, por el hábito de pelotear indefinidamente, antes de tomar una decisión -a pesar de la abundancia de diagnósticos y estudios disponibles- y de esperar, como nuestros antepasados, a que se aclaren los nublados del día.
Una de las características de los países en vías de desarrollo es tener una carga normativa más pesada que la de los países de la OCDE y es sabido que las restricciones legales que afectan la flexibilidad de la economía reducen el ritmo de absorción de tecnología. Por otra parte, los países con mayor inversión en investigación y tecnología tienen un desempeño superior en desarrollo económico, social e individual; mayores porcentajes de graduados de educación terciaria, producen mayor proporción de investigadores e innovadores. La escasez de inversión (menos del 2% del PIB) y por ende de oportunidades en investigación e innovación tecnológica en Costa Rica, sumado a la complejidad normativa, ha provocado que muchos costarricenses estén produciendo tecnología y liderando investigaciones científicas en otros países, como hace años emigraban los grandes artistas e intelectuales. Esto sólo confirma que no es un problema de aptitud, sino de actitud.
El paso del tiempo sin que se tomara la decisión de restaurar el Coliseo, elevó su deterioro y el costo de su restauración; sin embargo, aún es reparable. Pero Costa Rica no es un monumento histórico, es una obra en construcción que requiere que trabajemos con sentido de urgencia.
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