Odiosa brecha entre el deporte masculino y femenino.

La celebración del Mundial Femenino Sub-20 en suelo nacional entusiasmó a miles de costarricenses con el futbol femenino; brincamos de emoción con el golazo tempranero de la capitana, Alexandra Pinell González, hoy heroína de muchas chicas ticas.   A nivel mundial, puso a soñar a millones de niñas y jóvenes que, cada día más, se sienten atraídas por el futbol, deporte que hasta hace algunas décadas era, como tantas otras actividades, monopolio masculino.

Además de disfrutar los partidos, sentí curiosidad por saber si las reglas son equitativas para las mujeres. El primer hallazgo revelador es que hay pocas investigaciones y datos sobre el futbol femenino (estadísticas, análisis comparativos, noticias, etc.), menos aún sobre ligas latinoamericanas y ligas menores.

En realidad, en cualquier área del quehacer humano existe una gran desigualdad de datos entre hombres y mujeres. Desde el inicio de los tiempos se ha tomado al hombre (además, blanco) como parámetro de la especie, como si sus características antropométricas y fisiológicas constituyeran el estándar de ser humano. Ello, explica de forma amplia y contundente Caroline Criado Pérez en el libro Mujeres invisibles, tiene infinidad de consecuencias en la vida diaria de las mujeres. Nuestras características fisiológicas, necesidades, riesgos, destrezas, obras, y demás, han sido históricamente ignorados o inadvertidos, forzándonos a funcionar en un mundo diseñado para el género masculino de raza blanca.

Las consecuencias de esa gran brecha de datos por sexo van desde cosas insustanciales como tener que usar ropa caliente dentro de la oficina porque el aire acondicionado se regula en función de lo que se considera una temperatura agradable (con el hombre como referente); injusticias como que nos paguen menos por el mismo trabajo;  o tan graves como el riesgo de morir de un infarto por no recibir la atención adecuada pues los síntomas se consideran atípicos (según estudios basados en síntomas de pacientes masculinos), o  de fallecer en un accidente automotor porque las medidas de seguridad se diseñan para un hombre de estatura y complexión medias.

Pues bien, con respecto al futbol, lo poco que encontré no me sorprendió, pero me incomodó. Los marcos miden 2.44m de altura por 7.32m de largo. Las porteras miden en promedio 1,77m y las jugadoras, 1,70m. Los porteros miden en promedio 1.88 y los jugadores, 1,81. Además, está demostrado que los hombres saltan más alto pues, en promedio, sus piernas son más largas, hasta 30% más fuertes y con menor porcentaje de grasa que las de las mujeres. El tamaño del pie también importa al patear una bola o impulsarse para dar un salto; los pies femeninos son en promedio 10,5% más pequeños. En los partidos de mujeres hay la media de un gol más que en los partidos de hombres, lo cual podría deberse precisamente a la desproporción entre la medida del arco y la contextura de las arqueras.

Al profundizar un poco supe que en 2020 el reconocido entrenador italiano Fabio Capello propuso reducir los marcos y área de juego para el futbol femenino. De hecho, ya existe un estudio que calculó que, para tener una relación proporcional con respecto al masculino, los marcos deberían ser de 6,76 m de largo por 2,25m de alto.

La discusión se reaviva cada vez que hay un mundial femenino. Sin embargo, no hay consenso al respecto. Algunos argumentan que las arqueras han desarrollado estrategias compensatorias, como lanzarse por la bola unos segundos antes de lo que lo hacen sus colegas masculinos, y las jugadoras han desarrollado tácticas de juego y de tiro que compensan la diferencia en altura y fuerza. En esa línea, se dice que los jugadores latinos, usualmente más bajos que los europeos, ejecutan técnicas adaptativas para rendir adecuadamente.

Los cuestionamientos no son exclusivos del futbol.  Se ha planteado bajar los aros de baloncesto femenino. Por ejemplo, la basquetbolista Elen Delle Donne, medallista olímpica y bicampeona de la liga estadounidense con récord de anotación en 2015, aboga por aros más bajos, lo cual permitiría mostrar mejor la capacidad atlética de las jugadoras, y estas podrían ejecutar más acciones espectaculares, como los célebres “hundimientos”. El foco estaría en su habilidad y no en su apariencia; serían tomadas en serio como jugadoras y no como “chicas que juegan baloncesto”; se atraería más público, recibirían más y mejores patrocinios, y más muchachas se entusiasmaría por ese deporte. Sin embargo, también hay jugadoras que se oponen a las adecuaciones. Quizás temen recibir aún más críticas y ataques por luchar por algo a lo que tienen derecho; prefieren adaptarse.

El tamaño de las canchas, la altura de las barras, la duración de partidos y otras reglas diseñadas para hombres como estándar deportista, son apenas algunas de las incontables desigualdades que enfrentan las atletas, que desmotivan a muchas de las actuales y de las potenciales. Los deportes masculinos reciben más financiamiento público, patrocinios privados y cobertura de los medios. Hay un desbalance gigante de presencia femenina en instituciones y órganos relacionados con promoción, práctica y toma de decisiones sobre deportes.

No es de extrañar que Jill Ellis, condecorada entrenadora, no pudiera conseguir trabajo como directora de equipos masculinos menos exitosos que la selección femenina de Estados Unidos a la que ella llevó a ganar dos campeonatos mundiales. Si bien Ellis no está de acuerdo con la adaptación propuesta por Capello, me entusiasma que actualmente ella lidera el Grupo de Estudios Técnicos de FIFA sobre el futuro del futbol femenino. Se necesitan mujeres tomando decisiones sobre el futuro de otras mujeres, en especial en territorios dominados por hombres.

No solo son menos las niñas que los niños que practican deporte y que tienen una vida diaria físicamente activa, sino que, al llegar a la adolescencia, una chica tiene el doble de probabilidades que un chico de abandonar la práctica deportiva. ¿Por qué? En casi todas las sociedades hay sesgos de género estructurales que impiden o disuaden a millones de niñas y jóvenes de practicar cualquier deporte, y en particular aquellos vistos socialmente como solo para varones. La escasa presencia de atletas y entrenadoras en los medios, afecta negativamente las aspiraciones de las niñas. Muchas no se sienten cómodas ni seguras en espacios deportivos, porque hay más más chicos usando las instalaciones, y más entrenadores hombres, lo cual puede ser intimidante para una adolescente. Muchas deportistas deben soportar el estigma de ser “marimachas”, de no verse suficientemente atractivas con la ropa deportiva, y otras formas de sexismo. Además de esos abundantes mensajes culturales disuasivos, en países de ingresos bajos y medios, suele haber pocas y malas instalaciones deportivas en las comunidades. Por otra parte, la mayoría de escuelas públicas carecen de infraestructura deportiva y su currículo educativo generalmente no incluye educación física.

El problema no es menor, porque el deporte no es algo menor. Los beneficios físicos son indiscutibles. Por ejemplo, las chicas que hacen ejercicio regularmente durante la adolescencia y primera parte de la adultez, tienen 20% menos de probabilidad de desarrollar cáncer de mama.  Igualmente importantes son los beneficios psicoemocionales de practicar deporte, como el desarrollo de vínculos sociales fundamentales, el aprendizaje de destrezas para la vida, como trabajo en equipo, respeto por las reglas, liderazgo y manejo de emociones. El deporte ofrece objetivos de corto y largo plazo que elevan las aspiraciones y mejoran la autoestima de las personas jóvenes. Asimismo, se ha determinado que la participación de niñas y adolescentes en actividades deportivas se puede asociar con una mejoría en las relaciones con sus progenitores y en general en el ambiente familiar. A los chicos, los aleja de vicios y de otros riesgos sociales. Tomémonos en serio la promoción del deporte de forma estructural y en igualdad para la población menor de edad de todas las clases sociales y regiones del país.

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