Lo que recuerdo del 2020

Este relato corto lo escribí a solicitud de Uruk Editores. Lo comparto con ilusión y, a la vez, con el corazón estrujado por las diversas formas en que el 2020 está afectando a nuestras niñas y niños.

 

Tenía 8 años.  Todavía jugaba con barbis y mi pasión era pintar. La clase de arte era mi favorita y decoraba todas mis tareas con dibujos, hasta las de matemática.

Las barbis me las regaló la “jefa” de mi mamá, una doctora con la que trabajaba, cuando su hija cambió las muñecas por un teléfono celular. Recuerdo mi sorpresa cuando mamá llegó con una caja llena de muñecas flacas pero tetonas, con cabelleras largas y brillantes, ropa, un carro rosado, una sombrilla de playa, y toda clase de accesorios para ellas; fue como una Navidad a medio año.

En la caja venía también un “barbo”: un atlético rubio llamado Ken, que me creó una fijación, aún no superada, con los rubios. Menudo problema, ya que en Costa Rica son escasos. Ken era amigo de todas las chicas y las llevaba a pasear en el carro rosado.

Un día, tras cambiarse el uniforme blanco y los zapatos también blancos por pijama y chancletas, mamá me hizo sentarme en el sillón con ella. Sus ojos se llenaron de arruguitas en los bordes cuando me anunció la mejor noticia de mi vida: que iba a tener un hermanito. Yo no tenía idea de cómo pasaba eso de los bebés, pero me alegré mucho. La vida de hija única era un poco solitaria. Me preguntó si me hacía ilusión ayudarle a cuidar al bebé y le dije que sí. 

  • ¿Te da igual si es varón o niña?
  • Prefiero niña, para que cuando crezca juguemos juntas.

Las vacaciones de verano acababan de empezar, y yo contaba los días para la Navidad. Llevaba varios meses esperando por una barbi nueva, que vi un domingo en el mall, que cambiaba de color al sumergirla en el agua. Sin embargo, al final decidí pedir la barbi mamá, que venía con cuna, mecedora y juguetes para el bebé, que era una miniatura con los colochitos más perfectos que había visto. 

Celebramos el cambio de año en la casa de los abuelos. Todos estábamos felices porque el 2020 traería un nuevo miembro a la familia. Nuestra felicidad estuvo acompañada de bombetas y fuegos artificiales que hacían figuras increíbles en el cielo. Esa fue la primera vez que me quedé despierta para una celebración de Año Nuevo.

A mamá se le veía la panza abombada y a mí me encantaba apoyar la cabeza sobre ella para sentir las pataditas. Le faltaban solo 4 meses y ya sabíamos que tendría una niña.  No había decidido qué nombre ponerle; le sugerí que la llamara Elsa, como la princesa de mi película favorita. Mamá sonreía sin decir que sí ni que no.

  • Dejame pensarlo, respondía.

Decidí bautizar Elsa a mi bebé colochuda; a la mamá le puse Nora, como la mía. Nora no tenía esposo, pero cuando Ken la conoció, se enamoró de ella y se convirtió en el novio papá.

El Ken de mamá era médico; algunas noches la acompañaba a casa después del trabajo y se quedaba a cenar. No era muy rubio, pero nos trataba con cariño. A pesar del dolor de espalda y del cansancio que sentía al final del día, mamá se veía más feliz que nunca; entonces, yo también.

Pero de pronto todo cambió. No llevábamos ni un mes de clases cuando la maestra nos dijo que había un virus muy malo que nos podía matar a todos y que por eso había que cerrar la escuela. Nuestras casas eran los únicos lugares seguros. Cuando llegó la hora de despedirnos, varios niños gritaron de alegría por lo que creyeron serían unos cuantos días de vacaciones; la mayoría de las niñas nos arremolinamos alrededor de nuestra idolatrada maestra, como un cardumen de pececitos hambrientos. A mí me gustaba la escuela; me entristecí al pensar que por un tiempo no podría jugar rayuela y escondido con mis compañeras.

Mamá me fue a recoger a la salida de clases. Se veía muy preocupada y no me quiso explicar qué era un virus, ni quién era Covid.

El tiempo comenzó a caminar muy despacio. Los días se hicieron semanas y después meses. Estar en la casa se volvió aburrido. La maestra mandaba tareas y cosas para leer, y una vez a la semana nos reunía virtualmente para darnos clases. Algunos compañeros no tenían computadora, otros no tenían más que el teléfono de la mamá y se les terminaban los datos; pasábamos la mitad del tiempo esperando a que todos se conectaran y luego esperando a que volvieran los que tenían conexión inestable. Creo que no aprendí nada en esas lecciones. Por dicha, un día llegó un aviso de que ya no habría más clases virtuales y solo enviarían material de estudio.

Durante esos meses pasaron varias cosas extrañas. Muchas familias empezaron a comprar papel higiénico como para todo un año (mamá no, porque sabía que no el papel no nos protegía del virus). Unos señores cerraron el parque con unas tiras plásticas que decían “Municipalidad de Alajuela”. No volvimos a ir al cine ni al mall, así que los domingos se confundían con los días de semana. A los niños no nos permitían jugar en la calle ni abrazar a los abuelos. Muchas mamás y papás dejaron de salir a trabajar. Una vecina un poco mayor que yo, me dijo que era una suertuda porque mi mamá todavía tenía trabajo.

  • Los hospitales son lo único que no ha cerrado, me dijo.

Pero poco tiempo después, mamá tampoco volvió a trabajar. Le dijeron que no volviera por unos meses, porque en su “condición” era mejor evitar riesgos.

Pasaba muy nerviosa y solo encendía el televisor para ver a un señor de anteojos que hablaba todos los días a la hora del almuerzo. A mí me aburría mucho tener que oírlo contar enfermos y muertos y decir que debíamos seguir en la casa para vencer al tal Covid. Yo no entendía cómo podríamos vencer a alguien sin hacer nada más que dormir, comer, ver noticias, colorear y jugar.  Mamá no jugaba. Dormía mucho, a veces tejía y sobre todo pasaba horas pegada a su celular. Ya casi no me lo prestaba para jugar Planet Fantasy y Happy Color. 

Una noche la oí hablar por teléfono con varias personas: mis abuelos, mis tías, y con el Ken de ella, que se llamaba Rolando. La escuché llorar y preguntar cosas sobre la bebé.

  • ¿Y si nace con corona?, la oí preguntar.

Quedó más tranquila después de colgar con él. Me dejó pasar la noche en su cama y me abrazó hasta que nos quedamos dormidas. Mi último pensamiento consciente fue que tal vez Rolando no era doctor, sino un rey. Eso me pareció maravilloso.

Del resto del año no recuerdo mucho más, excepto dos cosas: cuando me dejaron conocer a la bebé, lo primero que hice fue revisar su cabecita; no tenía nada. Sentí una gran decepción de que mi hermana no fuera una princesa. Mamá me decía que no llorara, que ambas éramos sus princesas. Pero yo sabía que no era cierto.

El segundo recuerdo es del día que volví a clases, muchos meses después. Tras tanto tiempo de encierro en la casa, el ruido del montón de chiquillos gritando, corriendo y riéndose, me sorprendió como si nunca antes lo hubiera escuchado. Mis amigas se veían cambiadas, parecían mayores; nos tomó un rato romper el hielo. Sonó el timbre y entramos al aula en fila. Mi corazón palpitaba desbocado por la emoción de contarle a la maestra que mi hermanita había nacido, y que aunque no era una princesa de verdad, se llamaba Elsa. 

Una señora que nunca había visto antes nos esperaba dentro del aula; había escrito “¡Bienvenidos!” y su nombre en la pizarra. A nuestra antigua maestra se la había llevado el famoso Covid.

Abril Gordienko.

Mayo de 2020.

Este relato es parte del compendio Crónicas en pandemia, publicado por Editorial Uruk en 2020.

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